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Criticas: El Arco (2005), por Roberto Alcover Oti.
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"El arco":
Impostura por naturalismo
La carrera cinematográfica del prolífico director
surcoreano Kim Ki-Duk se ha caracterizado por un desarrollo bastante
coherente, por la frecuente repetición de una serie de
inquietudes personales que conforman ese mundo "autoral" que posee. Con el paso de
los años -en los que también ha influido un proceso
intenso de transformación espiritual- su cine ha ganado en
reflexión, y también en abstracción, todo ello sin
abandonar sus constantes temáticas y apostando por unas
imágenes más estilizadas. Este cambio se ha hecho patente
en sus tres últimos trabajos, donde Ki-Duk se ha encargado de
dar una notable vuelta de tuerca a sus convenciones, alejándose
de sus primeras y transgresoras propuestas.
Tras alcanzar la cima con la magistral Hierro 3 (Binjip. 2004), Ki-Duk
presenta El arco (Hwal. 2005), otro relato intimista, de amor posesivo,
pero donde no descarta su siempre acertado interés
sociológico. En El arco vuelve a situar la acción en un
único escenario -en este caso, una barca-, donde coloca a dos
personajes alejados del núcleo desarollado. Un hombre de
avanzada edad convive junto a una adolescente en esta pequeña
embarcación, esperando a que ella cumpla la mayoría de
edad para desposarla. Sin embargo, deberá defenderla con un arco
de las injurias que la joven sufre por parte del resto de pescadores,
elemento -el arco- por otra parte metafórico, ya que es a la
vez, objeto de destrucción y de creación. El
último largometraje del director de Samaritan Girl (Samaria.
2004) puede considerarse una extensión de Hierro 3, ya que su
retrato del outsider -arquetipo de toda su filmografía- se
asemeja irremediablemente a la pareja que vagaba de apartamento en
apartamento en la Corea contempóranea.
Se podría afirmar que los desheredados del cine del surcoreano
son cada vez más libres y se sienten menos atados a la sociedad.
De hecho, y al igual que en Hierro 3, se establece una curiosa
relación entre ellos y los pescadores que proceden del espacio
urbano. Si en aquella, Tae-Suk penetraba en casas ajenas para
resguardarse y a cambio lavaba sus ropas y arreglaba sus equipos
domésticos, en El arco somos testigos de otra relación de
intercambio entre los dos modelos protagonistas. Aquí, es el
viejo quien alquila su barca a los pescadores para que estos ejerzan su
labor. Así pues, es ahora el urbanita quien se introduce en el
mundo del outsider, y termina pervirtiéndolo, evitando que
éste alcance la felicidad que busca. Ki-Duk plantea este asunto
a través de la dicotomía entre la tradición y la
modernidad; no en vano, tanto el viejo como la adolescente conviven en
un estado casi primitivo -ella apenas sabe usar los palillos y realiza
sus necesidades a la vista de todos; ambos practican un ritual al
límite del riesgo físico; apenas se comunican-, mientras
que los extraños que acuden a su embarcación
(¿símbolo alegórico de Corea?), traen consigo
elementos tecnológicos -un móvil, un reproductor mp3, una
cámara de fotos digital- que perturban la estancia de sus
habitantes. Para el surcoreano, existe una fractura entre lo viejo y lo
nuevo, acuñado en una imposibilidad de que ambos mundos puedan
convivir tanto física -crf. la bella estampa de la joven
aderezada con un vestido tradicional, mientras usa unos
auriculares...que están desconectados del equipo-, como
emocionalmente -la relación entre los habitantes de la barca se
ve rota con la llegada de un atractivo joven-.
Kim Ki-Duk vuelve a demostrar una gran pericia a la hora trabajar en un
escenario de muy pequeñas proporciones, pero no
construyéndolo de un modo físico, tradicional -o incluso
claustrofóbico como se podría pensar dadas sus dimensiones-
para que el público se sienta orientado, sino
maximizándolo, a modo de extensión mental de aquellos que
lo ocupan, del mismo modo que en La isla (Seom. 2000) o Primavera,
Verano, Otoño, Invierno...y Primavera (2004).
Habrá muchos que afirmen que El arco es el enésimo film
oriental que busca seducir al espectador mediante el recurso del
exotismo, pero los defectos de esta película se encuentran
más allá de esa superficial apreciación. Si bien
visualmente la belleza de sus planos es intachable, sí se
aprecia cierta impostura por parte del director en conseguir esa
poética natural que acaricie a la historia. Da la
sensación que El arco forma parte de un "work in progress", un trabajo
puente hacia nuevas metas artísticas, y que Kim Ki-Duk ha
facturado sin la fluidez de antaño. Solo así se explica
el incómodo subrayado musical que ahoga a las imágenes, o
cierto tedio narrativo hacia el final del metraje.
En definitiva, El arco se configura como un largometraje
interesantísimo para comprender hacia donde se dirige el
realizador surcoreano, pero peca de un cierto estancamiento formal,
abarcando una serie de clichés que se olvidarían si sus
imágenes desprendieran una naturalidad de la que realmente
carecen.
Crítica por Roberto Alcover Oti.
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