Un hombre encerrado durante quince años en contra de su
voluntad, un alto ejecutivo cuya hija es secuestrada y asesinada por
error, una mujer traicionada y encarcelada son solo algunos de los
personajes de la magnífica trilogía sobre la venganza de
Park Chan-Wook. Personajes llevados al límite, personas
sencillas que deben tomar decisiones irreparables, son incapaces de
recuperar lo irrecuperables y ven la venganza como única
vía de escape. Pero en estas historias no hay buenos ni malos,
solo víctimas que pasan a ser verdugos y verdugos que terminan
siendo víctimas.
En estas tres películas aparecen todo tipo de venganzas, desde
las más extremas y exageradas hasta de las que se arrepienten
los personajes, venganzas que plasma a lo largo de una evolución
formal y técnica, evolución en busca una modernidad
plástica.
En el cine de Park Chan-wook, la venganza se convierte en un
círculo vicioso, un mal acto que convierte todo en una espiral
inabarcable de violencia, y que de acuerdo con la visión de este
director surcoreano amante de Stendhal, Dostoievski y Kafka, es tan
útil como estúpido, tan liberador como destructor, tan
ilógico como muchas veces, necesario.