El conocido festival de cine asiático de Barcelona suele
inaugurarse, por lo que he observado los últimos años,
con una película no tan reciente como las presentadas

en la
sección oficial, y por lo general se trata de dramas de estilo
elevado, y trascendente, muchas veces con cierta dimensión
sociológica. Películas que retratan con altas dosis de
realismo algunos aspectos de los países de los que provienen.
Los ejemplos de los últimos años serían:
Three Times, de Hou Hsiao-Hsien, y
Nadie Sabe, de Hirokazu Kore-eda.
En el caso de
Desert Dream,
nos encontramos ante un largometraje de marcado tinte
antropológico cuyo aliciente más interesante, pese a ser
una producción de Corea del Sur dirigida por un chino, es
presentarnos a golpe de documento una realidad de un país con
poca presencia en el cine asiático que llega a occidente:
Mongolia. La historia del film se ambienta en un terreno árido,
en una pequeña aldea de la estepa mongol donde el
autóctono Hungai es el único que persiste en quedarse y
desempeñar la laboriosa y fútil tarea de repoblar con
árboles jóvenes una tierra inclemente y desertizada.
Incluso su propia mujer e hija se ven obligadas a abandonarlo para ir a
la gran ciudad, Ulan-Bator, donde podrán proporcionar
tratamiento médico a la pequeña, casi sorda (por las
escenas en la gran ciudad, Zhang Lu conseguirá un poderoso
contraste entre lo rural y lo urbano). Sin embargo, la soledad de
Hungai no durará mucho, ya que pronto aparecerán una
mujer norcoreana y su hijo para cobijarse en su "yurt" e ir postergando
su marcha a la vez que se implican en la repoblación del terreno.
Desert Dream
rápidamente puede ser calificada como película de alto
contenido poético. Eso es indudable, pero me gustaría
matizarlo: la poesía de
Desert
Dream es la poesía de lo arduo. Lejos de escenas
bucólicas y
locus amoenus,
la historia brilla por los retratos de naturaleza abrupta e
inhóspita, de comportamientos humanos que se funden tanto con lo
salvaje como con lo tierno (escasamente tierno) de su ambiente. Y,
ocasionalmente, un aliño de lirismo desborda la pantalla: la
impecable luna, las sombrías nubes o el pavoroso ocaso. No hay
que esperar, en ningún caso, el esteticismo preciosista con el
que Kim Ki-Duk sí presenta la

naturaleza en sus
películas. Hay que dejar constancia, sin embargo, de que estamos
ante un film parsimonioso y contemplativo. Sin llegar a cotas tan altas
como podrían ser las de
Tropical
Malady de Apichatpong Weerasethakul, conviene estar preparado
para el ritmo pausado de la narración.
En cuanto al discurso de la película, ese es en todo
momento
subyacente e implícito: se desprende de las imágenes y de
la caracterización indirecta de personajes y, también,
paisajes. Se puede observar en ello un afán naturalista y un
estilo documental. La emigración, la pobreza, la
interculturalidad, la supervivencia y la solitud son varios de los
temas que aborda la película. Pero lo que más ha llamado
mi atención es el tratamiento de lo sexual. Zhang Lu juega con
nuestro protagonista mediante la ambivalencia y la paradoja. Uno de los
momentos más impactantes del film tiene lugar cuando unos
huéspedes que Hungai acoge se revelan como comerciantes de
esclavos, interesados en adquirir la mujer coreana que Hungai
también hospeda. La firmeza e integridad moral que muestra
Hungai en su amenazante rechazo serán puestas claramente en
contraste con sus intentos rudimentarios de forzar a esa misma mujer,
de una forma un tanto pedestre y, si cabe, primitiva. Uno se pregunta
entonces si hay que deducir una asociación entre ruralidad y
carencia de sensibilidad, pero, como he dicho, el director nunca hace
explícita su postura.
Parece que Zhang Lu también quiera divagar sobre la naturaleza
femenina poniendo en escena la dicotomía entre la fragilidad y
cerrazón emocional y sexual de la mujer norcoreana, y la
independencia, fuerza y libertad de la misteriosa jinete que se para a
descansar en la casi desierta aldea, con quien Hungai podrá
satisfacer más fácil y rápidamente su apetito
sexual (ciertamente, una escena en que el erotismo se mezclará
poderosamente con el lirismo del desierto). Junto con las breves pero
no por ello poco importantes
apariciones de la mujer legítima de Hungai, esos personajes
femeninos parecen conformar los tres vértices de un
triángulo que pretende describir, quizás, tres caracteres
tipo opuestos y/o complementarios. En definitiva, estamos ante una
película para nada desechable, pero que el espectador mismo
deberá sopesar hasta dónde exactamente quiere llegar.