Strawberry
Shortcakes es un melodrama algo peculiar, basado en el manga de
Kiriko Nananan
Sweet Cream And Red
Strawberries. Esta prolífica artista de nombre cadencioso
es también autora de
Blue,
su única obra editada por el momento en España de la mano
de Ponent Mon, que desde su salida recibió muy buenas
críticas. Nananan es una autora que entró con muy
buen pie al género del cómic nipón para adultas,
el llamado
josei, que
sería algo así como el hermano mayor del
shojo: un tipo de historia creada
por y para mujeres donde los argumentos suelen girar entorno a la lucha
cotidiana de sus protagonistas adquiriendo la mayoría de veces
un tono intimista, reflexivo y por encima de todo realista, huyendo del
idealismo.
El director de esta adaptación Hitoshi Yazaki, parece ser un
creador de lento maceramiento. Una de sus últimas obras de
renombre, fue un drama rodado en 1991 sobre una relación
incestuosa entre dos hermanos (
Sangatsu
no Lion), que pronto entró a formar parte del particular “
hall of fame” del cine indie
más purista de los 90. Aún viendo el contraste entre este
trabajo propedéutico y
Strawberry
Shortcakes, no podemos tratar a este segundo como una obra
puramente comercial. Es

cierto que todas
las actrices principales son muy famosas en su país, pero si
algo cabe destacar es que la perspectiva almibarada con la que se
suelen abordar las emociones de las protagonistas de un melodrama
romántico, poco tiene que ver con la forma desafiante y en
ocasiones algo indigesta con la que murmuran Chihiro, Toko, Satoko y
Akiyo. Hitoshi Yazaki tampoco ha dejado escapar la estética
etérea a la par que detallista de los interiores de Kiriko
Nananan gracias a una cuidada escenografía, haciendo especial
énfasis en las habitaciones de cada unas de ellas, transmisoras
de genuinas porciones de personalidad.
Chihiro, para empezar, es una persona superficial pero llena de
encanto. Una guapa oficinista cuya tarea de encontrar a su
príncipe azul (es decir, un ejecutivo adinerado que la confine a
su ideal de vida como ama de casa perfecta), parece destinada al
fracaso por culpa de sus intentos demasiado forzosos a la hora de
interpretar el rol femenino sumiso típico de la ama de casa.
Anclada en clichés de antaño, cree que su futuro
está ligado a depender de un hombre por razones que tienen
más que ver con la necesidad y el status social que con el amor.
Vive con Toko, una joven pintora de gran talento y robusta personalidad
que sin embargo no acaba de ver reconocida su valía,
interpretada por la misma Kiriko Nananan. Toko pasa la mayor parte del
tiempo sola en este piso compartido donde tiene el estudio, intentando
inspirarse para crear su último encargo: “
una imagen de Dios”. Pero la
profunda laguna de bulimia y amargura solitaria en la que vive
sumergida no le permiten salir a flote.
Satoko, aparentemente la más joven de las cuatro protagonistas,
sufre de sed romántica tras haber sobrevivido a una ruptura de
la que preferiría haber salido muerta.

Vive sola a pesar
de su juventud y de las plegarias que dedica a diario a su particular
icono religioso por encontrar al amor de su vida. Su ánimo y su
sentido del humor ponen la nota cómica a la cinta. Satoko
trabaja en un piso concertando telefónicamente las citas de las
prostitutas que allí trabajan: una de ellas es Akiyo, con la que
mantiene una relación más cordial que con el resto.
Akiyo, bajo mi punto de vista, es el personaje más interesante
de la película. Se trata de una mujer solitaria que
además de dormir en un ataúd, parece no tener amigos ni
aspiraciones. Su grado de apatía es tal que no le importa
someterse a situaciones extremas con los clientes, a pesar de la
violencia y la rabia con la que golpean al espectador. El único
aliciente en su vida es un amigo de la infancia del cuál
está secretamente enamorada, aunque tristemente no le
corresponde. Todo el dinero que gana trabajando forma parte de unos
ahorros destinados a comprar un piso lo suficientemente alto desde el
que suicidarse cuando empiece a estar senil. Es curioso e incluso
paradójico ver como en su tiempo libre se transforma en una
persona totalmente distinta: para su trabajo tiene una imagen muy
elegante y seductora, lleva ropa interior preciosa, mientras que cuando
queda con su único amigo va excesivamente
casual.
Strawberry Shortcakes nos
conduce así, entre espasmos de deliciosa amargura, a la agitada
megalópolis de Tokio, donde estas cuatro chicas, al tiempo que
intentan encontrar su propia forma de seguir adelante
soportándose a sí mismas, aprenden a jugar el rol que les
corresponde con los demás.
Crítica por
Alba Cardona.