Este
artículo está dedicado especialmente a Lía, por
haberme animado a escribirlo y por empujarme a obtener la visión
más romántica de “Hierro 3” que ahora comparto; y a los
miembros de Allzine.com porque sin ellos jamás hubiera podido
disfrutar de la obra completa de este genial cineasta.
Hasta hace
apenas unos meses, solo se habían estrenado en España dos
obras del prolífico director surcoreano Kim Ki-Duk, “La isla” y
“Primavera, Verano, Otoño, Invierno… y Primavera” (1). Sin embargo, en apenas espacio de tres semanas, sus dos
últimos títulos han aterrizado en orden inverso a su
realización: “Hierro 3” (Binjip, 2004) y “Samaritan
Girl” (Samaria, 2004). Este hecho se
convierte así en un motivo de alegría, no solo para
nosotros, fervientes seguidores de un cine asiático en constante
expansión y en un momento creativo inigualable, sino
también para todas aquellas personas que disfrutan del buen cine
en general. Porque no se puede negar que un autor como Kim Ki-Duk se ha
colado poco a poco en un terreno solo reservado a los más
grandes, gracias sobre todo a la eficacia y elocuencia de una
cámara que es capaz de transmitir una inmensa amalgama de
sensaciones sin necesidad de recurrir a aspavientos ni a excesos
formales. Pero antes, permitidme que haga un necesario
paréntesis para intentar bucear en esos cambios (si es que
realmente los ha habido y son tan palpables) de este autodidacta que
arrasa en cada certamen cinematográfico que pisa.
Para la comunidad de seguidores del cine asiático, criada bajo
el amparo de los foros y de la banda ancha, el director surcoreano era
considerado uno de los bastiones ejemplificadores de Oriente. Esta
privilegiada posición fue ganada a pulso gracias a la fuerza
visual de sus imágenes, la dureza de sus historias y la
ambivalencia con que eran recibidas sus películas en los
diversos festivales; todo esto a pesar de ser un cine cargado de una
filosofía y metáfora constante y de haberse inspirado en
los films de la Nouvelle Vague, en especial de Godard, como bien
reconoce Ki-Duk (2). Sin embargo, lo que antes eran halagos y vítores
entre los aficionados se tornaron en críticas, tras ver
cómo el surcoreano se alzaba con multitud de galardones en
Venecia, Berlín o San Sebastián, gracias a unos
largometrajes que a simple vista parecían alejarse de sus
cánones habituales. Mientras antes teñía de dolor
su obra, ahora la cubría con un velo de optimismo y cierta
esperanza. Se alzaban las voces: Ki-Duk se había convertido en
un director festivalero, y su cine pasaba de ser sucio y “underground”
a ser estilizado y reconocido. Es éste un aspecto curioso que
trasciende el mundo del cine y aparece también en multitud de
artes; el artista que pasa a ser admirado por el “gran público”
y parece perder la identidad con la que dio sus primeros pasos. Para
poner otro ejemplo no tenemos que retrotraernos mucho al pasado y
podemos nombrar a un Takeshi Kitano, que tras las críticas
sufridas tras su paso por Hollywood con “Brother” (3), ha sabido encauzar su carrera con obras impresionantes
como “Dolls” o su primer taquillazo en Japón con la
paródica “Zatoichi”.
Solo a través de una mirada calmada y reflexiva a los tres
últimos títulos que ha facturado Kim Ki-Duk se puede
concluir que su cine no ha cambiado en exceso y que solo ha introducido
una serie de matices, que permiten a sus personajes “respirar” en ese
lugar estancado en el que se hallan habitualmente. Unos cambios
(más en el fondo que en la forma) que son fruto de un proceso de
transformación espiritual que vive un cineasta casi siempre
inquieto; una evolución con un abrupto punto de inflexión
tras el rodaje de “El guardacostas”, y que, tras la penitencia de
“Primavera...” y “Samaria” se palpa mucho más en “Hierro 3”.
“La
isla” (Seom 2000) fue su primera
película estrenada en España. A su paso por distintos
festivales, su creador ya traía adjuntada la etiqueta de “enfant
terrible” del cine surcoreano por la dureza de sus films. De
algún modo, en “La isla” aparecen todas las constantes de su
filmografía, y es en este título en el cual me
basaré para analizar a sus personajes y la transformación
que han sufrido, punto clave para entender sus últimas
propuestas (entiendo que la mayoría de lectores solo hayan
podido acceder a esta película, digamos, de su etapa más
“oscura”). Así, nos encontramos ante unos encuadres
bellísimos, llenos de lirismo, pero a la vez salpicados de una
violencia atroz. Existe una predilección por mostrar a animales
maltratados (a menudo peces, pero también perros) y un trato
incluso vejatorio hacia las féminas, ya sea como sujeto pasivo
que sufre frente a la fuerza masculina o como persona activa que incita
al hombre a la perdición (4).
Por otro lado, tenemos a unos personajes que no parecen variar a lo
largo de su obra. Se podrían clasificar como auténticos
“outsiders”, seres que la sociedad desecha, pero que al mismo tiempo
son frutos de ella, la cual los necesita como un espejo en el que
mirarse para ahogar sus traumas y problemas. Son personas al
límite, incapaces de enfrentarse a un ambiente hostil y con una
incapacidad manifiesta para alcanzar la felicidad o la tranquilidad en
sus vidas. En el cine del surcoreano, nunca sabemos demasiado de ellos.
No conocemos su procedencia pero sí sabemos el destino que les
espera, un final abocado a la desgracia y a menudo, a la muerte. Por
ello aparece casi siempre la violencia en sus vidas, la única
manera que tienen para afrontar las dificultades de su penosa
existencia. Para alcanzar una felicidad siempre esquiva recurren al
dolor (bien sea recibiéndolo o infringiéndoselo a los
demás), al parecer, único elemento que han aprendido para
manejarse en la sociedad.
¿Pero, por qué?, ¿qué extraños
designios mueven sus hilos para que no abandonen sus penurias? La
respuesta radica en la no existencia de varios caminos para escoger,
debido a unas habilidades, de las cuales simplemente carecen o ni
siquiera ponen en práctica. Son personajes que se mueven en una
sola dirección, sin atajos que les saquen de su sufrimiento. Kim
Ki-Duk les priva a menudo de la capacidad de hablar (ya sea al chulo de
“Bad
Guy” o al pintor de “Real
Fiction”), reivindicación de su no
pertenencia a la sociedad. Al fin y al cabo, el lenguaje es la
herramienta más importante de socialización y la
mayoría de héroes “kimdukianos” (y perdón por un
término que volveré a repetir) no lo utilizan. Su dolor
se incrementa ya que nunca llegan a completar una necesaria catarsis
porque no poseen las habilidades necesarias para ello, y se pierden en
actos violentos y excesivamente viscerales. Incluso sentimientos como
el amor, presente en los anhelos de algunos de sus protagonistas, se
tornan en obsesiones bizarras y de carácter perturbador. De esta
manera, estos personajes se mueven en un ambiente real bajo una
apariencia ficcional, convirtiéndose casi en espectros de
sí mismos, fantasmas no muy alejados de aquellos que pueblan el
Tokio apocalíptico de “Kairo” (id, 2001. Kiyoshi Kurosawa) o de
los yakuzas nihilistas del cine del japonés Kitano.
A partir de “Primavera…” Kim Ki-Duk parece insuflar un halo de
esperanza a sus personajes aunque no exista un cambio palpable en su
construcción, ya que se siguen situando fuera de los
márgenes sociales (aunque con matices, ahora conocemos algo
más de su procedencia). Esta esperanza viene dada por la
posibilidad de escoger, de encauzar su vida sin necesidad de recurrir a
la violencia autodestructiva de trabajos anteriores. A través de
preceptos religiosos (el budismo en “Primavera…”, el cristianismo en
“Samaritan Girl”, y una mezcla de ambos en “Hierro 3”), sus
protagonistas afrontan las dificultades y buscan la paz interior.
¿Termina premiándoles Kim Ki-Duk por ello? Sí y
No.
“Primavera,
Verano, Otoño, Invierno… y Primavera”
Estrenada debido a su éxito en diferentes certámenes
cinematográficos y con posibilidades de “triunfar” en las
carteleras españolas aprovechando un “efecto kimono” (5)
inherente a las producciones mas esteticistas procedentes de Asia,
“Primavera…” se muestra como un fresco de la vida, dividida en cinco
partes que cuenta la historia de un niño que vive junto a un
monje en un islote flotante en plena naturaleza. Siguiendo el paso de
las estaciones, seremos testigos de su crecimiento, mientras descubre
el amor, el deseo, el dolor y el perdón. Condenada injustamente
por un sector de la crítica debido a su apariencia de postal y
su budismo, algo “light” y moralista, es la pieza clave para entender
las obras posteriores del cineasta. Sería absurdo y de poca
profesionalidad infravalorar a un film en el que el propio director
toma parte en sus dos últimos fragmentos. A modo de penitencia,
de búsqueda de un perdón por sus actos, Kim Ki-Duk se ata
a su espalda una roca y asciende una montaña para liberarse de
los pecados cometidos en una enigmática juventud. Ahora ya se
encuentra libre, y es el turno para que sus personajes busquen
también ese perdón.
“Samaritan
Girl”
A pesar de llegar a las pantallas españolas más tarde que
la posterior “Hierro 3”, “Samaritan Girl” está más cerca
de “Primavera…” que de esta última, ya que en esta
ocasión son los propios protagonistas quienes se redimen por sus
actos. La obra vuelve a estar dividida en tres actos, cada uno centrado
en un protagonista aunque unidos por el personaje principal, Yeo-Jin
(la samaritana), una estudiante que ejerce como proxeneta consiguiendo
los clientes para que su amiga (que toma el nombre de una diosa,
Vasumitra) ejerza la prostitución y de esta manera puedan
costearse un viaje a Europa. Sin embargo, Vasumitra (personaje
clásico del cineasta que termina abrazado a la tragedia) muere
lanzándose desde un balcón debido a una redada policial.
A partir de ese instante, la Samaritana, bajo un sentimiento de culpa
por la muerte de su amiga/amada se embarca en un proceso, que en
palabras del crítico J. Mauro de Pedro, “mezcla la
temática del sacrificio-compensatorio (…) con la del martirio
asumido, tema muy querido por el catolicismo” (6). Para ello, se
acuesta con los ex-clientes de su amiga y les devuelve el dinero. Es a
través de este (difícil de comprender) acto, como
consigue expiar no solo sus pecados, sino también los de su
amiga.
En este momento, aparece la figura del padre de la samaritana,
quién tras descubrir los actos de su hija, hace suyas las
constantes “kimdukianas” y a través de la violencia intenta
ahogar su culpa. Pero lo que en anteriores obras hubiera culminado en
la autodestrucción y descenso a los infiernos del protagonista,
en “Samaritan Girl” Ki-Duk vuelve a proponerles una oportunidad para la
salvación. Gracias al viaje a la tumba de la madre fallecida, se
produce un reencuentro emocional entre ambos que culminará en la
aceptación del padre de la madurez de su hija. El plano final,
tremendamente bello por otra parte, que cierra la película no es
tan doloroso como se podría pensar. Finalmente, la hija se queda
sola, pero ha purgado sus pecados y está lista para enfrentarse
al mundo. El padre se marcha a cumplir su condena por haber asesinado a
una persona, pero hay esperanza. En definitiva, a través de
“Primavera…” y de “Samaritan Girl”, Kim Ki-Duk y sus protagonistas se
han arrepentido, y esa libertad espiritual “ganada a pulso” se
pondrá de manifiesto en “Hierro 3”.
“Hierro
3”
En “Hierro 3” se aprecia ya esa liberación de los personajes,
tras el proceso de penitencia llevado a cabo en los dos largometrajes
anteriores. El protagonista es un clásico “outsider” del cine
del surcoreano, no habla y vive al margen de la sociedad, ocupando
casas vacías cuando sus moradores se hayan fuera de ellas. A
pesar de que psicológicamente se le puede etiquetar de sujeto
esquizoide (7), él parece feliz viviendo esa vida, tomando lo
que le conviene de la sociedad y devolviéndole el favor como
buen samaritano (Ej. lavando la ropa de las casas o arreglando aparatos
estropeados). Así avanza el argumento, hasta que entrando en una
casa se encuentra a una mujer (ex-modelo para más señas)
que es víctima de los malos tratos de su marido. Tras abandonar
la casa, y aquejado de un sentimiento de compasión decide
regresar, atacar al marido con un palo de golf (reviviendo de nuevo
constantes de su cine) y salvando a la mujer.
A partir de este instante se establece entre ellos una relación
tremendamente surrealista y no menos irónica, ya que
jamás hablan durante todo el metraje pero a la vez se
“comunican” más que todas las parejas cuyas casas ocupan. Los
“nuevos protagonistas” del cine de Ki-Duk ya buscan la felicidad como
fin en sí misma, y no a través del dolor o la violencia.
En cierto modo, ahora es la propia sociedad quien los encuentra y los
condena, al contrario que en alguno de sus films anteriores, donde es
el propio “outsider” quien intenta penetrar en ella sin éxito.
Me viene a la memoria el hijo bastardo de padre norteamericano y madre
coreana que intenta ser aceptado en ese pequeño pueblo (“Address
Unknown”), los amigos coreanos que luchan por sobrevivir en las calles
parisinas (“Wild Animals”) o el soldado psicótico de “Coast
Guard”.
A través de una bellísima historia de amor, Ki-Duk
reflexiona sobre el aislamiento (deudor en este caso del cine del
taiwanés Tsai Ming-Liang), la posesión o el vacío
comunicacional de la pareja. No solo eso, sino que se permite el lujo
de jugar en distintos niveles, de plantear alternativas para los
más escépticos en esto del amor, y establece tantas ramas
de interpretación que hacen que “Hierro 3” se mueva entre el
terreno más real, el fantástico, o el onírico. Los
momentos finales recalcan la liberación definitiva del
“héroe kimdukiano” (a partir de esos ejercicios budistas que
realiza en prisión), un fantasma sin connotaciones negativas que
no necesita de la sociedad para ser feliz, y que ha hallado ya el
camino para realizarse y vivir en armonía, al menos con
sí mismo y con la persona amada.
Finalmente, no me gustaría cerrar este artículo de manera
tan bella y exageradamente positiva, porque seguramente aquellos que
disfrutan con el cine más sucio del surcoreano hayan encontrado
en estos tres títulos toques más funestos. Y no les falta
razón. Es la grandeza de un realizador que permite elegir al
espectador, para que éste vea a “Primavera…” como un ciclo de
dolor y sufrimiento que se repite con la llegada de un nuevo
niño, a “Samaritan Girl” como la muerte espiritual de una
muchacha desgraciada (recordemos la escena en que la niña
sueña con su asesinato a manos de su padre) que pierde a su
padre y a su amada, o a “Hierro 3”, como la imposibilidad de que el
amor triunfe y de que su protagonista femenina solo pueda recurrir a la
memoria de su amor muerto como consuelo para aliviar su existencia. Su
cine actual se presenta casi a modo de “tabula rasa”, donde el
espectador escribe lo que ve e interpreta.
Repito mis palabras con las que cerraba el primer párrafo: no se
puede negar que Kim Ki-Duk está creciendo, que cada vez rueda
mejor, que su estilo se depura y que es capaz de transmitir sin
palabras, solo con imágenes, todas las sensaciones existentes.
Es un hecho al alcance de muy pocos, porque recordemos que el cine, al
fin y al cabo, es poner en imágenes la vida que pasa ante
nuestros ojos.
(1) A partir de
ahora y dado su extenso título, solo “Primavera…”
(2) Con estas
palabras no intento desprestigiar a una comunidad de la que me
considero parte, pero si dar un toque de atención a aquellos que
solamente ven a Asia como la cuna del cine de género.
(3)“Brother”,
película injustamente tratada en el momento de su estreno, va
ganando en calidad con el paso de los años, hasta que finalmente
se la considere como lo que es, el “Pearl Harbour” de Kitano
(extraído del artículo de Jordi Costa, “Takeshi Kitano:
La calavera origami”. Revista de Cine Nosferatu 36-37: Nuevas miradas
del cine asiático).
(4)El tema de
las mujeres en el cine de Kim Ki-Duk ha sido siempre punto para la
polémica, debido al carácter casi misógino con que
son tratadas. Por ello, creo que se merecería un estudio aparte
y no ahondaré más en él.
(5) Efecto
Kimono: “el espectador occidental reacciona mucho mejor ante una
película oriental de corte histórico que ante otra de
ambiente contemporáneo (…) Los personajes actuales hacen
más problemático (…) el proceso de identificación
para dicho espectador. Antonio Weinrichter, Pantalla amarilla: el cine
japonés. III Festival Internacional de Cine de Las Palmas de
Gran Canaria, 2002, p. 17.
(6) Jorge
Mauro de Pedro, Crítica de “Samaritan Girl”. Miradas de Cine
nº 37. http://www.miradas.net/2005/n37/criticas/04_samaritangirl.html
(7)
Según DSM-IV, libro esencial usado por psiquiatras y
psicólogos para el diagnóstico de enfermedades mentales,
el trastorno de personalidad esquizoide se caracteriza por ser un
patrón general de distanciamiento de las relaciones sociales
debido a un no disfrute de las relaciones personales, y a la
preferencia por realizar actividades solitarias (entre otras
características).
Artículo de Roberto Alcover Oti.