Condensar en palabras todo lo que Primavera… retrata es una tarea harto
difícil a menos que se sea un maestro del calibre de su
director, Ki-duk Kim. No en vano, no es esta una película
precisamente sencilla. Tiene un ritmo lento y pausado, sin apenas
diálogos, y para muchos sucederán pocas cosas durante el
filme. Pero es su riqueza de mensajes sobre la vida y el hombre, las
metáforas y la simbología lo que la hacen una obra
única, un auténtico poema en imágenes. Un disfrute
no solo para la mente sino también para los sentidos. Por tanto,
creo sin lugar a dudas que nos encontramos ante la película
más personal de Ki-duk Kim, y por tanto la más complicada
de poder entender. Buena muestra de ello es la interpretación
que el propia Ki-duk realiza en la película.
Primavera… es un relato estructurado en torno a las cuatro estaciones
del año, que
metafóricamente simbolizan las distintas etapas de la vida; a
saber: la niñez, la juventud, la madurez y la vejez. La
película nos presenta la vida en torno a un templo budista en el
medio de un lago, situado en el medio de dos montañas. Un lugar
alejado del mundo, separado físicamente por dos puertas que
delimitan un terreno solo apto para la búsqueda de la
interioridad y de nuestro auténtico ser. A partir de dos
personajes, un monje budista y su aprendiz, se narra el aprendizaje
vital de este último, que a través de sus decisiones
personales, de aciertos y errores, se desarrollará como persona
hasta alcanzar su plenitud… y entonces dar paso a una nueva primavera.
Una nueva vida en el mundo de la que él se tendrá que
responsabilizar hasta que pueda tomar decisiones por sí mismo.
Las lecciones que el protagonista aprende se pueden resumir en la
diferenciación entre posesión y poseer, eterna fuente de
discordia en el ser humano y fuente de todos los pecados terrenales; el
ansia de poseer lo que no se tiene y de luchar por lo poseído.
Primavera: De pequeño, aprende a
respetar a los diversos animales que viven en armonía con el
lago y las montañas colindantes. Llevando un peso equivalente
con el cual él les había hecho cargar, aprende de sus
errores y lo que conlleva el respeto. Con esta metáfora le
enseña a respetar a otros, aunque no sean semejantes.
Verano: Ya pasada la adolescencia, la llegada de una muchacha enferma
alterará su vida por completo. En plena juventud, el haber
vivido toda su vida recluido en un único lugar hace que sus
sentimientos estén a flor de piel. Al final acabará
abandonando el templo con tal de seguir con la chica. Antepone una
decisión personal sin pensar si es lo correcto, pero su maestro
no puede oponerse; tomando sus propias decisiones aprenderá de
sus errores.
Otoño: Años más tarde regresa al templo, donde su
maestro continúa viviendo. De esta manera intenta escapar del
asesinato que cometió contra su propia amada cuando esta le
abandonó por otra persona. La policía no tardará
en llegar al lago, pero antes habrá aprendido una lección
impagable que le permitirá vivir con dignidad y cumplir su
castigo en la cárcel.
Invierno: Por último, la vejez después de pasar
años recluido se presenta como la situación perfecta para
volver al templo donde todo lo aprendió. El lago se encuentra
helado en invierno y su viejo maestro ya no está, pero parece
como si le hubiese delegado todo al protagonista de esta historia. Una
persona que ha crecido lo suficiente como para enseñar a otras
en el arte de vivir.
Y primavera…: Un nuevo discípulo, una nueva vida a la que
enseñar…
Una lectura de Primavera… no sería lo suficientemente completa
si no hablásemos de esos sutiles detalles que completan la
película y le dan sentido. Por un lado tenemos los elementos
simbólicos, seña de identidad de todo filme de Ki-duk.
Aquí están encarnados en el barco, guía de la vida
que se puede torcer si no tenemos el pulso firme o no sabemos a donde
nos queremos dirigir; las piedras a la espalda, la carga de todos los
errores que uno va cometiendo a lo largo de la vida y de los que acaba
aprendiendo. No menos importante, los cuatro animales que
acompañan a las cuatro estaciones de la vida, cada uno de ellos
tiene el temperamento de los estados de la vida. Además,
el que los dos discípulos sean el mismo actor quiere dar a
entender como el ciclo de la vida se repite de forma ininterrumpida y
eterna, con pequeñas diferencias pero casi invariable.
Dejando de lado todas las interpretaciones que el filme pueda tener, no
hay que dejar de lado sus múltiples virtudes desde el punto de
vista puramente cinematográfico. Por ejemplo, unas
interpretaciones perfectas en sus reducidos papeles, que emplean cada
gesto, por pequeño que sea, para construir a su personaje con
una riqueza de caracteres apabullante. Mención especial para el
veterano actor Yeong-su Oh, intérprete del maestro y peculiar
conciencia del protagonista de la película.
Otro aspecto muy cuidado ha sido la fotografía, de una belleza
increíble, y que muestra con precisión no solo el paraje,
sino los cambios que se producen en cada estación. Resaltar la
mejor escena de la película, la escena en la que el protagonista
es obligado a tallar con un cuchillo todos los caracteres que el
maestro va escribiendo en el suelo del templo. Absolutamente perfecta,
por realización y composición.
Conclusión: Primavera… es una película complicada, que
puede parecer vacía, pero que contiene segundas lecturas muy
interesantes. Solo apta para personas que sepan apreciar los
pequeños detalles y el mensaje que la película nos
intenta transmitir en todo momento.
9/10
Crítica por Carlos L. Montero (Callros).
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