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Criticas: El Arco (2005), por Carlos Montero
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Planteada como un punto de inflexión en la carrera de Ki-duk
Kim, El Arco se sitúa entre sus dos proyectos más
ambiciosos hasta el momento: la aclamada Hierro 3 y la esperada Time,
nuevo proyecto del director. Es esta una película
pequeña, en que Ki-duk vuelve a plantear una historia en
apariencia sencilla en un único escenario, empleando los
momentos de silencio y la falta de diálogo como herramientas
para narrar una historia increíble.
En medio del mar, viven en un viejo barco un anciano y una joven
adolescente, a la que recogió cuando esta era tan solo un
bebé. Criada y educada en alta mar, sin haber pisado nunca
tierra firme, pasa los días en el barco, sin ser consciente de
que su mentor espera ansioso que cumpla 17 años para poder
desposarla y casarse con ella. El anciano prepara la dote, así
como los regalos y las vestimentas que planea emplear para el
día de la unión entre ambos, siguiendo a rajatabla las
directrices de una celebración tradicional.
Mientras, el anciano sobrevive hasta la llegada del tan esperado
día recogiendo en una lancha anexa al barco a pescadores,
ávidos de una jornada de pesca en medio del mar. Además,
cuenta el futuro a aquellos que los deseen, mediante un antiguo rito
que involucra a la chica y el arco de título, arma e instrumento
a partes iguales. La joven es el objeto de deseo de los pescadores que
acuden al barco, pero el viejo pescador la protege celosamente gracias
al arco, arma que emplea con igual precisión la chica.
Un día llega al barco un joven universitario, acompañante
de pesca de su padre. La chica y el joven no pueden reprimir lo que
sienten el uno por el otro, lo cual será motivo de enfado del
anciano que ha esperado años para poder convertirse en el marido
de la chica y que no piensa ceder ante un chico joven, por lo que
decide adelantar el proceso. A partir de ahí, se sucede el drama
entre los tres protagonistas. La chica comenzará a cuestionar el
comportamiento obsesivo y sobreprotector del anciano, deseosa de poder
tomar sus propias decisiones. Además, el chico descubre que la
joven tiene familia y que es buscada desde su desaparición.
Consciente de que no es justo que permanezca en el mar sin volver a su
hogar, intenta por todos los medios convencer a la chica, pero es esta
la que tiene la última palabra. Volver con su familia, a un
lugar que no conoce junto a gente que le es extraña, o
permanecer con el anciano en el barco y hacer realidad su último
deseo…
La conclusión final de El Arco ha hecho correr ríos de
tinta. Los desenlaces de las películas de Ki-duk Kim son siempre
mágicos, jugando con la fina línea que separa la realidad
de la fantasía. El final de este filme no está exento de
estos componentes, realizando una metáfora alegórica que
merece ser vista, y analizada por el espectador.
Ki-duk Kim es fiel en esta película a ciertas de sus constantes
en el cine. Emplea un solo escenario, en esta ocasión el mar,
que se erige como otro de los personajes principales de la
película. Emplea un elemento simbólico como El Arco,
arma, instrumento y guía del destino de los protagonistas del
filme. Y
además emplea a unos actores fabulosos en sus
respectivos papeles, entre los que destacan con bastante diferencia
Seong-hwang Jeon como mentor de una “Lolita”
posmoderna, interpretada por Yeon-reum Han.
En cuanto al resto de aspectos artísticos, son igual de
importantes en El Arco que el sencillo pero acertado guión o las
maravillosas interpretaciones de los actores, plagadas de espacios de
silencio. La fotografía es excepcional, destacando el proceso de
lectura del futuro (resaltar la manera en que la chica le comunica los
buenos o malos presagios al anciano, y este al interesado). Por
último, la música se compone solo de temas interpretados
por el arco, con cortes que sirven de nexo entre escenas y como
elemento creador de elipses narrativas. Algo que solo un genio como
Ki-duk puede permitirse.
Conclusión: Ki-duk Kim nos presenta en El Arco una historia
sincera, libre de artificios pero cargada de mensaje. Una historia que
supone una metáfora sobre la vida y el amor, más que el
puramente sexual, el fraternal, el que surge entre dos personas que se
protegen y se quieren, como la relación entre un padre y su hija.
8/10
Crítica por Carlos L. Montero (Callros).
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